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#YoSobreviví: Los hermanos del Lago Maihue

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Por Juan Luis Insunza

Twitter: @BomberoTeresita 

33 personas abordaron un precario bote para 18 pasajeros, sin chalecos salvavidas, y se adentraron en un lago cordillerano de la región de Los Ríos. Era una travesía habitual pero una repentina tormenta de verano agitó el agua hasta hacer zozobrar la embarcación de 8 metros de eslora. Muchos de los pasajeros eran niños que viajaban a sus internados en Llifén, Futrono o Valdivia y a pesar de estar aproximadamente a 100 metros de la orilla, 17 víctimas perecieron ahogadas. Los sobrevivientes estuvieron en el agua cerca de una hora mientras un bote que pasaba logró rescatar a varios de ellos en seguidos viajes a la orilla entre el peligroso oleaje y el viento. Otros lograron llegar nadando hasta la costa, pero solo después de varias horas se pudo contabilizar a sobrevivientes y víctimas, algunas de las cuales nunca fueron encontradas.

Era el domingo 27 de noviembre de 2005 y Neftalí Santander viajaba en la embarcación junto a sus hijos que no superaban los 20 años de edad. Él y sus hijos lograron salir con vida del accidente, pero una sobrina no pudo. Era un buen nadador, un hombre acostumbrado al agua, por lo que trató de ayudar a varios náufragos a mantenerse a flote mientras llegaba la ayuda. Neftalí es un hombre profundamente creyente y su relato está cruzado por su fe. Nunca antes dio entrevistas ni conversó con medios de comunicación. Profundamente impactado por la experiencia fue reacio por años a los tratamientos médicos o a que su historia fuera conocida, hasta ahora. En palabras de Neftalí: “cada uno tiene su hora”. 

Era algo habitual que la embarcación se recargara así, casi doblando su capacidad. El día no estaba especialmente nublado, sin embargo, a medida que el pequeño bote se adentraba en el lago desde el poniente comenzó a avanzar una amenazante tormenta. “Cuando salimos la embarcación iba súper bien porque no había viento. Había un oleaje bajito. Pero como a la mitad del trayecto vimos algo que venía negro de abajo, con un viento que venía blanqueando el lago ya. Y le hablamos varias veces al capitán… ¿David por qué no te vuelves?. Después se cerró y ni contestaba” relata Neftalí haciendo la primera pausa de su relato. “…Seguimos no más” continúa con la mirada en el horizonte.

El sobreviviente, ahora que ha pasado más de una década, se da tiempo para recordar que aquella embarcación inicialmente transportaba madera y que terminó muy maltratada. “Se le gastó el fierro que llevaba en la quilla abajo. Y después ya quedó la pura fibra y se rompió. Y le colocaron un parche pirata, no vino un especialista a arreglarlo, y donde empezó a golpear y golpear con el oleaje, se soltó el parche y por ahí comenzó a subir el agua”, explica entregando detalles que nunca fueron recogidos por la prensa de la época.

Cuando comenzó a entrar el agua los hombres trataron de evitar la tragedia pero solo había un par de baldes y se hizo muy difícil “ganarle” al lago, sobretodo por el peso que llevaba el bote. A esa altura el capitán de la embarcación ya no contestaba y los esfuerzos por convencerlo de que pusiera retroceso fueron infructuosos. “El agua ya estaba hasta los tobillos y de repente llegaron las olas para adentro y la embarcación se hundió pareja con el peso, no se volcó. El mismo oleaje comenzó a sacar la gente de adentro y ahí llegó la desesperación, los gritos y todo eso”, cuenta relatando los primeros momentos de la gente en el agua. Comenzó entonces lo que Neftalí define como “caos” mientras reconoce que se le hace muy difícil recordarlo. Su mirada se pierde y recuerda que todos gritaban: “Quedamos todos en el agua, como quien pescara un puñado de tábanos y los echara en una fuente. Y ahí era quien gritaba más”.

Uno quisiera salvarlos a todos” admite mientras comienza a relatar cómo intentó ayudar a los náufragos: “Junto a mis dos hijos fuimos los que luchamos con todos ellos por mantenerlos a flote, con los sacos, con esa guagua que sobrevivió. Uno de mis hijos, el mayor, se preocupó de eso y yo me preocupé de los demás porque gritaban”. Cuenta que lo llamaban… “Tío Neftalí ayúdenos. Pero no había nada. Ni un chaleco ni un flotador. Un flotador me hubiese ayudado a mi a mantener a dos personas. Pero no había nada. Solamente el estanque del motor. Dejé a tres en el estanque del motor, y aguantaron como media hora (…) La primera que llevé al estanque fue a mi sobrina, pero ella murió. Lo único que me quedaba era gritarles –no se suelten del estanque, no se suelten de ahí- porque yo sabía que al final el viento los iba a llevar a la orilla igual”.

Neftalí se cansó de nadar y traer los cuerpos hacia la lancha para mantenerlos juntos. Dice que se amarró una cuerda con la esperanza de que encontraran su cuerpo si es que se ahogaba. Esto le permitía alejarse nadando como ocho metros de los restos de la lancha, alcanzaba a alguno de los estudiantes que se estaban ahogando y desesperados se aferraban a su espalda. Así tirando la cuerda conseguía volver con el náufrago a cuestas hasta el bote, pero al llegar no tenía muchas opciones de ayudarlo a mantenerse a flote: “En la lancha cabían las puras manos. Nadie podía subirse. Era muy difícil porque era fibra…”. Luego de un largo silencio recuerda que estuvo más de una hora en el lago y ya se le estaban acalambrando las piernas. “Estaba bien agotado y pensaba, voy a tener que morirme no más” admite. Cuando el bote que los ayudaba rescató a sus hijos se produjo un momento muy duro, porque a pesar de sus hijos lo alentaban a aguantar, Neftalí se dio cuenta que podía ser la última vez que los viera. “Ahí como que me tomé un mate. Fue algo que me chocó a mi en mi piuke (corazón), y dije yo ¿Y si no resisto? ¡No los voy a ver más!”. Una nueva pausa se produce en su relato pero esta vez sus ojos se humedecen notoriamente. Luego de un susurro donde parece haber dicho que ama a sus hijos, continúa con su historia: “El tipo que andaba en el bote me dijo – Yo se Neftalí que tu vas a aguantar y yo voy a venir por ti-“. Hasta ese momento Neftalí se había mantenido sereno y varios de los sobrevivientes le deben su vida a lo que él hizo en esos momentos. Pero luego de despedirse de sus hijos la situación se puso mucho más dramática. Él ya no tenía fuerzas y quienes aún se aferraban a las cosas que flotaban tampoco. “Uno no podía volverse más… Pedían ayuda… Después que ya sacaron a mis hijos fui el único que se quedó batallando más… quedé solo. Ahí iba a buscar a uno y al otro ya estaban viéndose las manos que ya se iban a fondo” relata lleno de dolor. “Es como si lo estuviera viviendo recién” señala.

Su relato deriva a ratos en datos irrelevantes pero una y otra vez vuelve al relato de esos angustiosos minutos en el agua: “Vi morirse a cada uno de los que más sabían aguantar en el agua. En cada vuelta sacaban gente, pero más de cinco no le metían, y eran los que estaban más desparramados para la orilla, no donde estaba el pelotón, porque si se meten al medio sufren lo mismo que estábamos sufriendo nosotros porque todos hubieran querido tomarse del bote. Era imposible”.

Neftalí recuerda que se llevaron a todos los sobrevivientes, incluso los cuerpos de quienes no habían aguantado y aún flotaban, mientas él continuaba luchando por sobrevivir. Sus piernas ya no respondían y los calambres lo inmovilizaban dificultando que se mantuviera a flote. Sin embargo regresaron por él: “Estaba como una pana, negro, con hipotermia. Me trajeron donde un pastor y ahí su esposa me empezó a dar agua tibia. Pero no se cuanto, debe haber sido una media hora más. Y de repente se empezó a ir lo negro y empecé a recordar. Era un vacío inmenso. Sentía como que mi cuerpo estaba flotando, como si estuviera en el agua todavía. Pero dice mi esposa que cuando ella llegó me encontró bien”. Su esposa le preguntaba por sus hijos pero Neftalí no era capaz de transmitirle la historia completa. “Mujer, los hijos están vivos” repetía como si hablara desde la fe, pero nunca llegó a relatarle que sus hijos habían sido rescatados por otro bote.

Cerca del punto donde zarparon habían dejado varios cuerpos en la playa. Pero los sobrevivientes habían quedado esparcidos por el borde del lago, algunos a varios kilómetros. Durante horas nadie fue capaz de saber quienes habían sobrevivido y quienes se habían ido al fondo del lago. Esta situación agravó el impacto en la comunidad y los efectos del trauma a nivel personal.

La esposa de Neftalí se dirigió a la playa y él la siguió en silencio casi por inercia. “Al llegar estaban todas las personas que habían estado conmigo en el barco botadas en la playa, todos sus cadáveres. Y yo no sentía nada… Y mi señora lloraba porque creía que mis hijos se habían ahogado y se habían ido para abajo no más” cuenta. “Yo se que están vivos, mujer no llores tanto, porque yo se que mis hijos están vivos” repitió hasta que sus hijos lograron volver caminando, semidesnudos, desde el punto donde salieron a varios kilómetros de ese lugar. “Ahí fue como que entré en la realidad” llora “los pude abrazar, pude decirles cuanto los quiero. Los quiero muchísimo”.

Es difícil contarlo. Para mi fue difícil vivirlo en ese momento. Vi la película del Titanic y me tocó vivirla. Estar nadando en medio de la sangre. Pegarle unos palmazos a las niñas que ya se estaban entregando a morir y a Dios gracias, varias de ellas sobrevivieron” finaliza. 

¿Qué pasó con su fe en ese momento?

Yo creo que me ayudó a salir adelante porque todas las cosas que yo hago las hago en nombre del Señor. Iba una señora que era cristiana. Ella iba orando. Y dijo – ayúdenme a orar porque hoy día vamos a naufragar – y esa señora no vivió el naufragio. El Señor vino antes por su vida. Yo cacho que ni siquiera agua tomó, porque el Señor vino antes por su vida. Cuando vio que el agua ya estaba hasta la mitad de los tobillos, como que se ayuyó (Neftalí hace un gesto como de dormirse hacia un costado) y después flotó al tiro. Dios vino antes por su vida”. 

¿Qué cree usted que hizo la diferencia entre los que vivieron y los que no?

Mire, en primer lugar yo creo que Dios escogió a los que él tenía que llevarse. No tengo dudas sobre los jóvenes, porque había jóvenes que tenían 13 o 14 años, que todavía no saben de maldad, yo los vi nacer, los vi correr. Algunos eran reacios a darles permiso para ir al río. Y las personas que iban al río sobrevivieron, porque siquiera lucharon, pudieron nadar, tratar de aguantar el chapazón fuerte que hubo. Y uno ayudándolas cuando perdían el control, su palmazo en la cara diciéndoles – lucha, tu tienes que seguir viviendo-… la mayor parte de los jóvenes que iban al río a nadar, sobrevivieron”. 

Si hubiera un nuevo naufragio, ¿Qué consejo le daría a esas personas para que sobrevivan?

En ese caso uno tiene que creer primeramente que hay un Dios. Si tu lo invocas Dios va a estar contigo, indiferente que lo digas o no lo digas. Aunque no lo grites con voz en cuello. Si crees en Él y no te desesperas. Porque la desesperación te juega en contra, sobre todo en el agua. La persona tiene que sentirse relajada y creer que lo va a lograr. No tienes ninguna otra forma… no estás en un terreno firme… Está en tu mente que no te descontroles. Si tu controlas tu mente puedes lograr sobrevivir de cualquier cosa. La persona arrebatada no llega a ningún puerto… Va pa mal. Ese día hice eso. Solo una vez me sentí chocado cuando mis hijos me dijeron eso (que aguantara), pero después no. Inclusive quedando solo durante unos 15 o 20 minutos… Quedé solo yo y la embarcación y Dios

Casi todos las víctimas, las que vivieron y las que no, eran vecinos y formaban parte de una pequeña comunidad cordillerana. Después del accidente han seguido viéndose y muchas veces sucede que llegan a casa de Neftalí a saludarle: “Yo en una vuelta les dije que no quería ser más su amigo, ni su viejo pelado –porque así me dicen algunos- Yo quiero que me digan hermano. ¿Y me preguntaban por qué Neftalí? Y yo les dije no po… Si Dios nos dio un momento de nacer juntos de nuevo por qué no podemos decirnos hermanos. Es lindo ahora que uno lo puede aceptar y mirarlo de otra forma” relata lleno de esperanza.

 

Comentario del experto

Las personas afectadas por eventos potencialmente traumáticos -como emergencias y desastres- tienen derecho a asistencia espiritual. Todos lo seres humanos tenemos diversas formas de procesar, interpretar, afrontar y resignificar lo que nos ocurre. Por ello, es que el apoyo espiritual -entre otro tipos de apoyo psicosocial- debe ser considerado cuando pensemos en proteger la salud mental de los afectados. Esta condición incluso aparece explícitamente descrita en el Título II de la Ley N°20.584 que regula los derechos y deberes que tienen las personas en relación con acciones vinculadas a su atención en salud. Mayor información de esta ley la puede encontrar en http://www.supersalud.gob.cl/consultas/570/w3-article-7960.html 

Equipo www.sochped.cl

 

 

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