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Mi primer terremoto...

Terremoto Canela

Imagen gentileza de: http://www.radiopolar.com/ 

El 16 de septiembre de este año, y mientras planificábamos la creación de una sección para nuestra página web se produjo un terremoto 8.4 en Canela (norte de Chile). El evento sorprendió a nuestro colaborador -Juan Luis- de visita en casa de un familiar en la localidad de Combarbalá, a unos 80 kilómetros del epicentro y muy cercano a lugares que resultaron muy destruidos como Illapel o Monte Patria, siendo que justamente la sección que pensábamos generar era recoger testimonios y experiencias extremas que hubieran puesto en peligro la vida y las lecciones de sus protagonistas. Al convertirse nuestro colaborador en un sobreviviente, la entrevista que sigue a continuación se convirtió casi naturalmente en una especie de “piloto” o “capítulo cero” como le llaman en televisión. He aquí su experiencia.

Equipo editorial www.sochped.cl

 

Mi primer terremoto, Por Juan Luis Insunza (Twitter: @BomberoTeresita // #YOSOBREVIVÍ)

Tengo 37 años pero este era mi primer terremoto. En 1985 estaba a prudentes 400 kilómetros al sur. El 2010 vivía en una comuna costera de la región de Los Lagos lejos también de lo peor. He sentido temblores toda mi vida y presumo de conocer del tema, pero nunca había tenido un 8.4 bajo mis pies.

La ficha técnica de la experiencia va más o menos así. Viaje familiar a localidad rural del norte chico a una casa donde nos reunimos cuatro adultos y cuatro niños cuyas edades no sumaban más de nueve años. Cuando nos despedíamos para regresar a Santiago, a las 19:54 horas comenzó un terremoto que afectó a gran parte de la región de Coquimbo, con epicentro en el mar a 42 kilómetros al Oeste de Canela Baja. El movimiento tuvo una duración aproximada de 70 segundos y provocó la muerte de 13 personas por el movimiento sísmico y el posterior tsunami.

El sismo no demoró en mostrarse por completo, por lo que en todo momento supe que se trataba de algo grande. No recuerdo si estaba con mi hijo en brazos o lo recogí rápidamente cuando comenzó el movimiento. La casa, de aproximadamente 20 años, era de concreto en el primer piso y madera en el segundo. Las mujeres y las otras guaguas estaban en el segundo piso y durante un buen rato reaccionaron muy bien. Con mi hijo en brazos me dirigí a la puerta de calle, la abrí y permanecí ahí. Consciente de que el umbral de la puerta no me garantizaba mayor seguridad que otros lugares, me sentí cómodo al pensar que estaba adentro y afuera de la casa, según fuera necesario. Si la casa comienza a caer, doy dos pasos y estoy en medio de la calle… Si comienzan a caer los postes y cables, doy dos pasos hacia adentro y estoy a resguardo, pensé. A esa altura mucha gente transitaba por la calle en todas direcciones. A un par de metros una pandereta caía sobre la vereda justo en un momento en que nadie pasaba por ahí.

La tranquilidad de los primeros segundos dio paso luego a gritos y llantos en el segundo piso, mientras mi hijo miraba en dirección a la cocina donde caía la loza al suelo provocando un despelote. La quebrazón, los gritos dentro y fuera de la casa, el crujir de la estructura y los ruidos subterráneos eran una especie de banda sonora macabra. Sin embargo no sentí pánico. Podría definirlo como un estado de alerta máximo. Un estado nervioso que incluso podría describir como una extraña felicidad. Euforia seguramente. Mi hijo es tan pequeño que probablemente no alcanzaba a entender lo que pasaba, apegado a mi pecho comencé a improvisar una canción. Supongo que para distraerlo. La letra era sencilla y decía algo de la casa que se movía.

Durante ese minuto y poco, la intensidad subía y bajaba. La estructura debe haber comenzado a agrietarse tempranamente porque al poco andar todo estaba lleno de polvo. Pequeños pedazos de concreto se repartían por el suelo al interior de la casa hasta donde regresé en un par de veces mientras duraba el terremoto. Siempre tuve clara sospecha de que se trataba de algo grande.

Luego supe que una vez finalizado el terremoto, en menos de 25 minutos, hubo cuatro réplicas de 7.1, 6.1, 6.8 y 7.6. Yo de eso no recuerdo nada. De la hora siguiente lo que recuerdo es que propuse o determiné que bajaran todos del segundo piso y permanecieran en el living. Comencé a barrer y ordenar, mientras los dueños de casa atendían otros asuntos. No se qué. Me apresuré en habilitar esa zona de desastre porque lo más probable era que pasaríamos la noche todos juntos en el primer piso.

Desde que terminó el movimiento comenzamos a monitorear redes sociales para establecer si podíamos viajar o no. Se cortó la luz durante el terremoto pero no el internet. Las líneas de teléfono estaban saturadas pero el servicio nunca se cortó. Envié un mensaje de texto a mi madre en Santiago pero luego le actualicé nuestro estado por el chat de Facebook. La batería del teléfono que no estaba completamente cargada, comenzó a avisar baja carga antes de las dos horas por lo que me fui al auto a cargarlo. No se escuchaban radios pero pude escuchar la señal on line de la Radio BíoBío. Entre la radio y twitter me convencieron de que esa noche no iríamos a ninguna parte porque había reporte de caminos cortados y congestión en la Ruta 5.

Luego de un rato me senté a descansar. En ese momento me tomé la cabeza y la sentí llena de piedrecillas. Como si hubiera metido la cabeza en la tierra, el pelo sostenía pequeños pedazos de concreto, como granos. Me sacudí y al rato estaba en el auto nuevamente cargando teléfonos. Ahí me di cuenta que sentía mi cara tirante. Y claro, si el terremoto había llenado mi cabeza de material particulado seguramente mi cara estaba también llena de polvo. Recordé a los sobrevivientes del 11S y como recorrían las calles sin imaginar como lucían sus rostros empolvados. Crucé a lavarme la cara.

Estando en el auto me di cuenta de que el movimiento, perceptible solo por las ruedas, no se detenía. Venían cada cinco minutos temblores suficientemente intensos como para sentirse, luego se iban y continuaba ese sutil bamboleo del vehículo. Hoy sostengo que no es que sean muchas réplicas, sino que por lo menos por un par de horas hubo un temblor constante. Sin luz pero con información obtenida de internet en los teléfonos nos dispusimos a pasar la noche. El agua en los termos fue suficiente para preparar las mamaderas. Colchas, cobertores, frazadas y almohadas al primer piso y entre hijos y sillones formamos un gran nido. Tratábamos de dormir, otros revisaban twitter, una guagua despertaba y se volvía a dormir mientras el mayor preguntaba insistentemente si ya todo había terminado. Pasadas la una de la mañana hubo una réplica 6.6 que nos ayudó a decidirnos. Cargamos los autos con frazadas y niños y partimos a un sitio baldío a las afueras de Combarbalá. No se si terminaron las réplicas o ya no las sentíamos pero al fin logramos dormir un poco.

La Ruta 5 amaneció operativa y durante el día la maquinaria despejó las rocas que habían caído en el camino a Canela y Combarbalá. Pasadas 24 horas nuestra emergencia había terminado.

¿Qué rescataría de lo vivido?

El haberme puesto a prueba. Vivo en un país sísmico y trabajo ligado a la respuesta de emergencias, pero nunca había estado sometido a un terremoto en calidad de víctima. Uno queda completamente a merced de la naturaleza pero el conocimiento y la sangre fría pueden ayudarte a sobrevivir. Nunca tuve miedo de morir ni temí por los míos. En mi afán de transmitir calma insistí en minimizar el evento aún cuando supimos que había sido un 8.4 con epicentro muy cerca de donde estábamos. Mientras me decían que no podíamos viajar yo insistía en recopilar información para tomar esa misma decisión pero con argumentos y no actuando desde “la guata”. Cuando supe que había sido en el mar entendí inmediatamente que se produciría un tsunami pero que las olas no serían de la misma altura que en el 2010. Recordé claramente la escala logarítmica de la magnitud con la que se miden los terremotos y dije: "Habrá un tsunami pero las olas serán de 4 o 5 metros solamente". De todas formas de haber estado en la costa habría corrido a zonas altas de inmediato una vez terminado el movimiento.

¿Qué mejoraría en el futuro?

Estaba en un contexto familiar, lejos de mi unidad de respuesta a emergencias, por lo que no hice nada para ayudar a otros. En Combarbalá no hubo víctimas, por lo que mi ayuda se limitó a quedarme con mi familia y calmarlos. Pero si a pocas cuadras hubiera pasado algo grave yo no tenía como saberlo y probablemente manejo conocimientos y experiencia que podrían haber sido de ayuda para otros. Otro tema importante es ese de que “en casa de herrero cuchillo de palo”. Pregúntenme por mi kit de sobrevivencia. No, no lo tenía. No andaba en el auto ni tenía uno en casa. Si la situación hubiera sido más grave habría estado sin elementos para subsistir unos días, sin linterna aparte de la del teléfono que estaba con carga media. El computador estaba casi sin carga. El auto estaba con menos de medio estanque. Muchas cosas podrían haber estado mejor y si las consecuencias hubiesen sido más graves lo hubiera lamentado.

 

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